El domingo, 23, seremos testimonios directos de lo que se ha dado en llamar “el mayor tiroteo ocurrido en Arroyo Colorado”. Poblaciòn al norte de Texas, en medio de una llanura inhóspita e infestada de serpientes y algún que otro apache borracho. Arroyo Colorado es tan tranquilo que nunca pasa nada. De momento el ferrocarril no tiene parada, principalmente porque no pasa ningún tren. Hay un General Store, el saloon, ocho chicas que bailan el can-can de noche, y el carpintero que talla hermosos ataúdes.
Pero hay un sheriff. Si, Peter Chanches, el bueno, cuida de la seguridad de sus vecinos tras el ventanúco de la oficina, whisky en mano y calabozo abierto desde el último ahorcamiento de un cuatrero y chupoptero. Como tantos otros.
Corre como la pólvora el rumor de una siniestra visita al pueblo de dos pérfidos conocidos, dispuestos a descabezar a Chanches y ocupar el cargo de sheriff: el temible Alvord Fiejo, el feo, emigrado de Costa d’Amorte y se vende por un puñado de dolares, i yago, el quema libros, el malo. No harà ni seis meses que se presentó en Angleton un predicador para acercar la palabra de Dios y de paso vender algunas biblias. De pronto se presentó el quema libros y al grito de muera la cultura, cosió a balazos al predicador y prendió fuego al carromato de las biblias.
A fe de Dios no sé que pueda llegar a ocurrir pero pintan bastos. Hay temor y dudas sin respuestas. Todavía no se ha inventado el futuro voto en Arroyo Colorado, pero lo que se dice boto, es posible que botemos más de la cuenta.

