He vuelto a revisionar La Correspondenza. Aunque
esto de revisionar me suene a moco colgando, ha vuelto a cruzarse en mi vida
esta película. Y la verdad es que una vez más se pone de manifiesto la
contradicción que se pone de manifiesto al enjuiciar el argumento por un
crítico entendido y un ignorante compulsivo, como puede ser un servidor. Los de
a pie nos movemos por sentimientos, emociones o escenografía y los entendidos
por los flancos técnicos y profesionales. Normal hasta aquí, ellos cobran por
hacer su trabajo y nosotros pagamos para ver ese trabajo. Y casi siempre
apostamos por disfrutar, por pasar un buen rato fijándonos en los pequeños
detalles y, habitualmente, por la interpretación.
Del resultado de esta obra concebida y
dirigida por Giuseppe Tornatore (Cinema Paradiso), el crítico dice “Que el amor verdadero sobrevive a la propia
muerte es la lección que aquí imparte el profesor Giuseppe Tornatore. Debemos
sin embargo señalar tres problemas. 1) El exceso de cartas manuscritas,
deuvedés, mensajes de móvil o e-mails que la protagonista recibe de su amante
(¿de ultratumba?), durante las dos horas de metraje, acaba provocando un
irreparable sopor en el espectador. 2) No ayuda a tragar la píldora, al
contrario, el hecho de someter la trama a un caudaloso río de reflexiones
astrofísicas. Y 3) Por si no fuera poco el empacho romántico-existencial, la
historia se complica con el trauma familiar de la heroína, a todas luces
sobrante”.
Estoy de acuerdo en los puntos 1 y 3, sobre
todo el 1, hay un abuso soporífero de mensajes. Pero vamos a lo nuestro: la
interpretación. Como no puede ser de otra manera, Jeremy Irons, impecable en
esa dualidad tan suya; momentos estelares en los que interpreta y momentos en
los que parece fingir que interpreta. Pátina singular de su dilatada
filmografía. Irons no tiene un punto medio que lo encasille, gusta mucho o no
gusta nada. A mí me gusta, es diferente. Tiene un halo distinto, te confunde,
incluso en ocasiones crees que es gay, apreciación que queda inmediatamente
desmentida. Sus cambios de registro son casi continuos. Cierto que la película no
da lugar a un gran lucimiento de su rol, más bien inexistente por la propia
trama. Es la voz de quien ya ha muerto. Ella, Olga Kurylenko, hermosa y sensual,
se esfuerza en borrar su imagen de bella mujer florero y chica Bond. A mi
entender cumple satisfactoriamente con su papel de enamoradísima de un hombre
mayor. Ambos están locamente enamorados, el profesor y la estudiante de
astrofísica en lo que no deja de ser una relación a distancia.
En general la crítica no ha dejado títere
con cabeza acerca de la pareja distanciada por una diferencia de edad
considerable. Incluso he leído que es una historia de amor post mortem. Como
evidentemente sí que lo es. La música del film absolutamente tierna y
romántica, fruto de la exquisita batuta de Ennio Morricone. Planos con fuerte
carga erótica, otros de románticos, muchos tristes, y algunos deliciosos como
los del lago Orta y la isla de San Giulio. ¿Se puede amar a distancia? Esta
sería la conclusión de la cinta.
Es posible amar lejos de la persona amada,
no sentir, no tocar, no besar, no ver. Asunto difícil de pronunciarse, hay
respuestas para todos los gustos. ¿Puede basarse una relación en el uso de
todos los mecanismos que hoy la técnica pone a nuestra disposición? La realidad
es que nos permiten ver y hablar con alguien que resida en las antípodas y todo
el tiempo que queramos cuando queramos. Pero no es lo mismo, claro que no. Sin embargo
sí que es posible, y tanto que sí. Hay quien opina que aun siendo posible, puede
ser más susceptible de infidelidades al no haber posibilidad alguna de saberlo
ni sospecharlo. Como si no hubiera infidelidad en relaciones de cercanía. Mi
pobre y alejada opinión es que sí que la distancia puede favorecer el juego
sucio, sin generalizar, pero puede. En todo caso todo dependerá de la robustez
de ese amor mutuo. En el caso de Ed y Amy –Jeremy y Olga- el amor mutuo está
por encima de cualquier consideración, llegando a la desesperación, el erotismo
y culminación virtual del amor, el caos mental o la santificación del recuerdo.
Todo eso y más, mucho más, renegando de la distancia y acercándola con medios
electrónicos. De más estrambóticas las he visto.

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